Bellagamba

El escritor sentado a la mesa mira el vaso y su cabeza bam – bo – lea. El vaso de cerveza negra. Sí. Lleno. La música ha entrado al bar, estimulante, la música: lindo. La sangre deambula por su cerebro y causa estragos en la sensible y acorazada memoria del escritor resentido. Pudiera ser real. Todo ese/este momento. Quizás, al ver que la astucia reclama socios más alcoholizados. Se toma las manos con la cabeza... qué digo, la cabeza con las manos; ¡me tomé la cabeza con las manos! Una vela, se le ocurrió, alumbra hasta donde puede. Toda vela, alumbra hasta donde puede. Su energía tiene un límite y dentro de ese límite aparece también su clímax.
Hoy este ha sido el clímax de su/mi vela.

Un niño. 7 años. ¿O eran dos?
Anyway; Rolando se acercó a mi mesa en el Bellagamba. Bar de rockers que se aggiornaron mutilados por el mal gusto. Pidió una moneda y como soy de poca monta (como diría un poeta) lo miré con desconfianza. No es extraño en los ojos de un niño de semejante madurez notar mi inocultable torpeza para las charlas casuales de bares.
El niño Rolando traía sus fichines. Figuritas del Pokemón. Y como Rolando que es, se me acercó para mendigar. Hubo veces en las que no he dado monedas porque el aliento del mendigo me disgustó y hubo otras veces en las que he querido sorprenderme entregando todas mis monedas. Y Rolando esperaba con su sonrisa entre esos dos extremos. Morocho, de ojos pícaros y dientes parejos estaba bastante abrigado. Las parejas burgue – progre – repre – vivas a su lado caminaban sin verlo. Sonrió y me conquistó. Me aduló con su gesto de costumbre. Y por suerte, gracias a la pérdida de los bordes que me genera la cerveza negra, pude intrigarlo con una pregunta a este niño Rolando mendigo de bares:
-¿Qué tenés ahí?
Más vivo, pícaro y seductor que nunca, el niño Rolando confesó entre resignado y descalzo:
-Las figu de Pokemón.- Inmediatamente lo supe. El cosmos se acomodaba una vez más. Provocaba el error que hace menos comprensible el mundo.
¿Por qué estoy tan borracho? ¿O lo está el escritor?
Porque el niño ha nacido con el don de la sabiduría.
El niño Rolando, a pesar de su increíble inocencia, revisó sus figus y respondió sí cuando le pedí una. Revisó todos los bolsillos, todos los rincones, toda la campera, todo el suéter en busca de la figu de Pokemón que me gustara. Intercambiamos una moneda por una figu. Y salí ganando. Porque (verán) esa figu vale más que cualquier moneda.
Y nuestra despedida, apresurada por mozos de gerentes desconfiados, fue lo más rescatable y tierno que había vivido ese mes:
-¿Y cómo te llamás?- preguntó el escritor entre sorprendido y enamorado.
-Rolando- dijo entre sus ropas.
-¿Cómo?- tambaleó su lengua al insistir.
-Rolando- volvió a decir sonriente.
-Ah, Rolando- murmuró quien escribe estas líneas.
No pasó nada más. Quizás alguna vez recuerde si fue un sueño o tal vez esto pasó de verdad. Porque caló mis huesos... la impresión que en mi piel dejó su mirada es perdurable.
Campos de algodón se aparecieron ante mí, ante mi vaso de cerveza negra. Animales de granja olieron a griterío de gallinero alrededor. Un granero de madera. Y el tractor de mi abuelo ya oxidado. Conservado en sus partes me recordaba a la más pálida mejilla de mi abuela perdida en la enorme cocina de la casa de campo.
Y el niño Rolando se despidió:
-Mucho gusto- dijo. Al decir esto, estrechó la mano del escritor y salió del Bellagamba.